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La Navidad y los niños: sospechando de todo y de todos

29 diciembre 2009

La Navidad es sin duda el momento de máximo esplendor para toda la industria y el negocio que se mueve en torno a la infancia, el momento de hacer caja en un sector que, no viene mal recordarlo, se configura como el tercero por volumen de negocio a nivel mundial. Ante esta tentadora realidad, las compañías se afanan cada temporada en presentar nuevos y más sofisticados productos para intentar dar con la bicoca que triunfe entre el público infantil y familiar en general, y haga aumentar sustancialmente sus cuentas de resultados. Naturalmente las empresas son muy libres de hacerlo y no vamos a culparles por ello. No hacen sino lo que se supone que tienen que hacer, intentar maximizar el beneficio y contentar a sus dueños y accionistas. No corresponde a ellos preocuparse del impacto que entre los niños pueden tener sus productos. Sería tan fácil echarles la culpa a ellos como poco realista. Acabaríamos hablando de prohibiciones, códigos de conducta, y sanciones que en la práctica resultan inviables e incluso poco deseables. Más en un mercado globalizado donde casi nadie juega con las mismas armas.

Pero podemos hablar sobre las  consecuencias que tiene toda esta gama de productos audiovisuales, juguetes sofisticados, materiales seudo didácticos, literatura especializada, o prendas y menaje de todo tipo dirigido a los niños y sus familias, que se desparraman por los grandes almacenes con gran derroche de publicidad y puerta de entrada a lo grande por la televisión. Porque evidentemente las hay.

Entre ellas quizás las más preocupantes son las que tienen que ver con el terrible empobrecimiento de la imaginación que provoca la invasión de  imágenes vía televisión, cine, ordenador, o en otra manera más sibilina, pero tan negativa, vía libros y materiales infantiles, poblados de pobrísimas y simplonas ilustraciones,  o la apabullante presencia de toda clase de logotipos de personajes de ficción en las prendas y en cualquier producto pensado o dirigido para los niños. Al no permitírseles en ningún momento tener que elaborar ellos sus propias imágenes se está cercenando de raíz el proceso que está en la base de la creatividad y la inteligencia. Nuestra capacidad de imaginar es sin duda uno de los rasgos más potentes, sino el que más, que  nos diferencia  como especie y que ha sido clave en nuestro proceso evolutivo.

Otras tipo de consecuencias, tienen que ver con el despilfarro derivado de la compra masiva de juguetes que son abandonados por sus destinatarios al poco rato de haber sido desembalados, desapareciendo la ilusión por los mismos casi en el mismo momento de abrir la caja que los contiene. Lo que confirma que la industria del juguete no está interesada en la propia relación niño-juguete, sino en producir objetos que, después de un gran despliegue de mercadotecnia, sean susceptibles de generar el impulso o la necesidad de poseerlos. En realidad las posibilidades de que se establezca una relación rica entre un niño y un juguete son inversamente proporcionales a la complejidad y la sofisticación del mismo, por la propia limitación que estos juguetes imponen a la capacidad de imaginar y de fantasear del niño.

Otro apartado que merece un comentario es el referido a libros infantiles y otros materiales “educativos” al uso. La inmensa mayoría de estos materiales, reflejan la concepción que los adultos tienen de los niños como seres simples y carentes de criterio. Frente a los libros poblados de ilustraciones, en su mayoría simplonas, planas, y pretendidamente infantiles, hay que reivindicar de nuevo la complejidad en su estructura, en sus personajes arquetípicos y en su trasfondo de los cuentos clásicos, que han sido transmitidos tradicionalmente de forma oral en todas las culturas, lo que permitía estimular enormemente la imaginación del niño a la vez que iba elaborando una visión rica del mundo que le rodea y de las leyes y las relaciones que en él existen.

Pero en definitiva los únicos que  pueden reaccionar y hacer algo frente a todo esto son los padres y las familias, actuando con criterio y no dejándose llevar por los mensajes publicitarios y la mercadotecnia, y sobre todo poniendo más atención en las necesidades reales y profundas de sus hijos o de los niños que les rodean. Niños que básicamente reclaman algo que no tiene precio ni está a la venta en ningún gran almacén: Tiempo y atención.  Ningún juguete, película o material educativo puede sustituir al placer que proporciona al niño el tiempo dedicado el juego libre y fantasioso, y para el que frecuentemente necesitan nuestra complicidad y colaboración.

Concluímos este comentario recomendando, a modo de auténtico regalo tanto para mayores como para niños,  la lectura de la fantástica historia de Momo (O la historia de los ladrones del tiempo y de la niña que devolvió el tiempo a los hombres), de Michael Ende, un cuento maravilloso para cualquier edad en el que finalmente, y como no podía ser de otra manera,  los adultos son salvados por los niños. !Que lo disfrutéis¡

* Imágen Santa Claus: Kevin Dooley 
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